AYLAN KURDI. No pongo aquí tu foto de niño muerto en la playa. Estás en mi pensamiento y con eso basta.

Me gustaría haberte comprado un flotador con forma de patito para que pudieras navegar suavemente sobre las olas mientras gritabas de alegría.

También quisiera haberte podido esperar en la orilla con una toalla de colores en la que arropar tu cuerpecito de bebé para que no tuvieras frío, y haberte visto, bajo el sol de la mañana, jugando con tu cubo y tu pala a construir castillos y a esconder tesoros.

Pero, sobre todo, me gustaría no haber tenido que verte nunca tumbado bocabajo sobre la fría arena, muñequito de carne y hueso abandonado.

Ahora que me he cruzado contigo, Aylan, porque así te llamas, ya nada será igual y, cuando vea un niño como tú, jugando en la playa, solo podré pensar en ti y en tu desdicha, en la jodida mala suerte que tuviste al nacer en un país en guerra y que nunca hayas conocido otra cosa que el odio y el ruido de las bombas.

El recuerdo de tu imagen de ángel caído sobre la playa me acompañará ya para siempre, y el ruido de las olas rompiendo sobre la arena repetirá machaconamente que pierda toda esperanza.